Dirección: Inés BraunGuión: Inés Braun, Walter Jakob
Intérpretes: Mercedes Morán, Sofía Gala Castiglione, Fernán Mirás, Rafael Spregelburd, Leonora Balcarce, Walter Jakob, Martín Rocco
Duración: 95 minutos
Película cuadrada. Apenas empieza La ronda hay un personaje mirando a cámara con un dejo de complicidad, un plano sin cortes de varios minutos que incluye los créditos, una coreografía que remite al musical clásico, una canción de Queen, y está Sofía Gala Castiglione (que tiene dos apellidos, como Coppola, que la está dirigiendo en Tetro) bailando y cantando. En sí este comienzo es peligroso porque amenaza con caer en algunos de los peores clichés y cancherismos del cine actual, como el guiño autoconciente y la cita cinéfila vacía. Pero al menos hay algo de peligro, de riesgo: Inés Braun genera una expectativa muy grande, ¿hacia dónde puede ir la película después de esto?

Pero las escenas que siguen terminan con la duda y el interés que proponían los primeros minutos de película: una estética puramente televisiva, un guión dividido en varias historias que tiene una impronta de tira de Canal 13, y caras que pertenecen históricamente al mundo de la televisión (Morán, Gala, Mirás, Rocco) dejan por el suelo la promesa de riesgo del principio. Del arrojo del comienzo La ronda deviene un producto chato, que no apuesta a nada más que poner en la pantalla grande una fórmula televisiva tras otra sin preguntarse demasiado por las posibilidades del cine, por ejemplo, por el uso del tamaño ancho o por la libertad para contar historias que no estén formateadas para el universo televisivo. El hilo conductor de las historias son los fracasos románticos de casi todos los personajes que primero hacen sufrir a sus parejas/amantes/enamorados y después son ellos los que sufren, en lo que parece un círculo vicioso (o una ronda, si gustan de interpretar) con una lógica de error-castigo que tiene un tufillo bastante moralista. Y al final una de las historias trata sobre el cine, y es por lo menos llamativo que una película que reniega por completo de su medio en favor de una puesta en escena televisiva tan acartonada, se anime a hablar de cómo se hace una película.
De entre la mediocridad general de La ronda asoman Sofía Gala, que tiene una frescura y una gracia muy poco vistas en las actrices del cine argentino actual (salvo quizás por Camila Toker, aunque en un registro muy distinto) y Rafael Spregelburd, que a pesar de lidiar con un personaje muy estilizado y cargado de tics, tiene los mejores momentos cómicos de la película. Todo el resto aburre o directamente no importa.

Aclaración: el autor de este texto pensó toda su vida que Gala era el apellido de Sofía y no su segundo nombre. Oportunamente desasnado, creyó pertinente dejar el comentario sobre los dos supuestos apellidos como testimonio perenne de la desfachatez intelectual de muchos críticos (con El Criticon a la cabeza, obvio). Al menos hasta que venga alguien y le diga que Ford es el segundo nombre de Francis.









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